Estar rodeado de tantas compañeras me hizo reflexionar sobre la existencia de pautas de género en la manera de comunicar. Puede que tratando de comprenderlas, queriendo entenderlas y necesitando aprenderlas. Y no, no es que no nos entendamos, simplemente somos diferentes y bendita diferencia. Porque el problema viene por asimilar la diferencia como desigualdad. La diversidad es un rasgo natural que enriquece la experiencia, aporta nuevas miradas, fomenta el respeto y genera entendimiento. Mientras que la desigualdad es un constructo social y político, un concepto que separa y no una idea que une. 

 Y esas diferencias, propiciadas por el género, quedan plasmadas en 3 áreas: primero, cómo se estructuran orgánicamente las empresas de comunicación; segundo, en cómo se representa al hombre y la mujer en los medios; y en tercer lugar y último, en qué lenguaje se utiliza dependiendo de la identidad.

Para despejar la primera incógnita, y evitando aburrir con un desglose de cifras, las mujeres licenciadas en periodismo y comunicación cuentan con una importante representación en tareas de locución, redacción televisiva y marketing digital, aunque los puestos de liderazgo y dirección continúan siendo ocupados predominantemente por hombres. Pero, Doyou es una agencia dirigida por una mujer y el 95% de la plantilla son jóvenes seleccionadas por sus capacidades profesionales y humanas. Y vale como muestra y ejemplo de que el mercado laboral de las agencias de comunicación también se organizan por el mérito y no por una política igualitaria; y pueden significar una tendencia o una ambición hacia una realidad donde la mujer tenga más presencia en puestos directivos. Porque siempre ha existido una lucha de poder, pero la fuerza ha dejado paso a la razón, a la influencia de la educación, al relato cultural, a los marcos morales, a la relevancia de la mujer y porque no a la lógica.

También vemos que el diferente tratamiento e imagen del hombre y la mujer en la comunicación no sólo es identificable, sino forzosamente buscado. Existen protocolos editoriales para dirigir la presencia de cada sexo y medir qué, quién y cómo se dice, con objetivos estrictamente comerciales. Pero esta comunicación sesgada y estereotipada parece que empieza a evolucionar y aspira a igualar la presencia y los roles de ambos géneros. Y una tendencia no es una confirmación pero si un síntoma de que las cosas mejoran lentamente.

Y esa representación de hombres y mujeres viene fundamentalmente condicionada por la utilización del lenguaje. Cómo decir lo mismo de formas tan distintas, o decir tanto con tan pocas palabras, o demasiados vocablos para nada. Y aquí no me remito a estudios, sino que me arriesgo con una reflexión personal entorno a si hay una voz femenina, si existen rasgos lingüísticos masculinos, o si nos manifestamos de forma diferente hombres y mujeres.

Las mujeres usan más estrategias de cortesía, locuciones indirectas y formas atenuadas. En grupo disparan al unísono en un preciso caos, conversaciones que se entremezclan sin fin y en las que solo otra mujer puede adentrarse con posibilidades de entender. Emplean muchos adverbios valorativos e intensificadores “tremendamente ideales”. Habitualmente utilizan comunicación no verbal para expresar escucha activa (esta capacidad viene desactivada de serie en los hombres, pero se puede implementar con paciencia).

Los hombres practicamos un lenguaje más espontáneo y directo que podemos acompañar de un gesto complaciente, una mirada heridora, o cualquier mueca que subraye nuestro silencio como la más aclaratoria y elocuente aportación. Ser precisos y concisos puede ser un valor para otro hombre (esta capacidad viene desactivada de serie en las mujeres, pero se puede implementar con paciencia).

Pues eso, somos distintos y complementarios, y esas diferencias enriquecen y entretienen. Reflejan una sensibilidad, un color, un matiz que te muestran otra manera de entender y mirar la misma realidad con más amplitud.

Pero el lenguaje está vivo, como un organismo que absorbe cuanto sucede a su alrededor, se adapta y evoluciona. Y en esa transformación la vida acelera y las nuevas generaciones dan otra dimensión al lenguaje, hacen uso y abuso de los roles y géneros y plantean que “entender” es un verbo que se conjuga en futuro imperfecto. Y ese es otro escenario en el que ya no me encuentro, un horizonte en el que yo me ando lejano, caminando entre restos de sol, recuerdos de un tiempo en el que la diferencia era un valor no una imposición, y los hombres y mujeres nos entendíamos, o casi.

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